Depresión
El trastorno depresivo mayor (como lo denomina el DSM-V) se caracteriza por un estado de ánimo persistentemente deprimido (sensación de tristeza o vacío) y la presencia en el cotidiano de la sensación de anhedonia, esto es, de desgana, de no obtener placer en actividades que anteriormente proveían de dicho placer.
Además de estas dos características fundamentales, podemos encontrar:
- Vivencia de mucha culpa o sensación de inutilidad.
- Fatiga o pérdida de energía.
- Dificultades en el sueño (insomnio persistente o hipersomnia).
- Cambios en el peso o en la alimentación.
- Ideaciones suicidas.
- Alteraciones cognitivas, como la disminución de la capacidad de atención o de concentración.
Consecuencias
La vivencia de esta sintomatología puede provocar que la persona se encierre en su burbuja de dolor y esto mismo, aumenta más su sintomatología, en un círculo vicioso del que resulta necesario escapar. Y es que lo que nos dicen los estudios neuropsicológicos es que la sintomatología depresiva cronificada disminuye algunas capacidades cognitivas (por ejemplo, el hipocampo, que tiene un papel crucial en el
aprendizaje y la memoria, puede reducir su volumen tras periodos largos de depresión), afecta al equilibrio de neurotransmisores como la serotonina, la dopamina y la noradrenalina, y crea circuitos neurológicos típicamente depresivos.
Estas alteraciones no son irreversibles. Con tratamiento psicológico adecuado y en ocasiones con medicación (además de tener una mínima estructura que sostenga la vida de la persona) el cerebro puede recuperar su equilibrio y sus funciones. La intervención temprana y un acompañamiento respetuoso son claves para evitar que la depresión se cronifique y para favorecer una recuperación integral de la persona.
Tratamiento
El tratamiento psicológico consistirá, en primer lugar, en una mejora a corto plazo de la sintomatología depresiva más disfuncional para la persona. Para ello, habrá que localizar dicha sintomatología y analizar cuando y a consecuencia de qué, llega. Además de planificar, junto a la persona, cambios concretos que le ayuden a sentirse mejor.
A largo plazo, resultará necesario profundizar en los mecanismos de gestión emocional de la persona, así como entrenar técnicas y habilidades para tolerar y afrontar situaciones y emociones desagradables.
Además, será conveniente trabajar en su autoconcepto y en su autoestima para fortalecer estos pilares de una vida mental saludable. Para ello, habrá que bucear en los discursos internos de la persona, así como en la narración que hace de sí, de los demás y de su vida, con el objetivo de actualizar dicha narración a la realidad presente de la persona y para que sea ella quien la escriba. Y es que, en ocasiones, la depresión es una de las secuelas de haber sido víctima de una o varias situaciones de agresión y la persona, en una suerte de mecanismo malévolo psicológico, asume para sí misma, los discursos que sirvieron para herirle.
La depresión no es irreversible. Si hay compromiso, voluntad y un mínimo sostén material, puedes atravesar y dejar atrás ese sufrimiento, aprendiendo mucho de tí misma en el camino.